Los volovanes son piezas de hojaldre, con forma redondeada u ovalada y hueco en el centro para rellenar de salado o dulce según la ocasión. Se suelen coronar con el hojaldre liberado del hueco en forma de txapela.

Volovanes en Charamel Gozotegia

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Los volovanes, una masa de hojaldre

Reciben su nombre por una anécdota el día de su creación; al parecer se le ocurrió a una cocinera apasionada de la masa de hojaldre, laminó la masa de harina y mantequilla en círculos pequeños y los fue colocando uno sobre otro, con una altura de un centímetro aproximadamente.

Después lo metió en el horno y las láminas se unieron y crecieron hasta alcanzar los 10 centímetros. Mientras estaba creciendo la masa en el horno, su ayudante de cocina al verlo, alucinado llamó su atención diciendo “sale volando”, expresión que en su idioma original el francés era “elle vole au vent”. A la creadora le hizo tanta gracia que así nombró su receta. Y volován sería la castellanización del vocablo. Datados por primera vez en el siglo XVIII.

Los volovanes, salados o dulces, tú decides

Los volovanes están pensados para degustarse en formato individual. Ideales como entremeses, para abrir el apetito. Son conocidos los volovanes rellenos de crema de puerro y jamón york, los volovanes rellenos de palitos de cangrejo, cebolla y huevo cocido o también los volovanes rellenos de crema roquefort y hongos. También pueden rellenarse de sabores dulces como crema de caramelo y nueces, o bien rellenos de confitura casera de frutas de temporada, para acompañar una elegante merienda.

Los volovanes caseros de Charamel se pueden pedir por encargo en su formato pequeño o medianos, para llevar a casa y rellenarlos al gusto. También los usamos en nuestra sección de salados. Se trata de una receta elaborada y sencilla con la que quedar bien en cualquier mesa.

Volovanes, recomendado para desayunos de negocios, cócteles o hamaiketakos.

Hay quien describe este manjar como una cueva de sabor en la que perderse (“ninguna perdida se pierde” que diría mi amama), tras sus laberínticas finísimas láminas doradas, de inconfundible gusto francés. Se acompaña muy bien con un txakoli de la tierra bien fresquito, un atardecer con el sol ocultándose entre los montes y la música en directo de instrumentos de cuerda y viendo tras una voz de mujer. Trayendo al paladar la volatilidad efímera del “vole au vent” como manjar digno de las diosas y placer de las terrenales, que los degustan como un bocado a ojos cerrados y labios sellados como secreto inconfesable.

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